
No recuerdo la última vez que le escuche decir la palabra “problema”, mientras que llenos de la palabra “retos” se encontraban sus discursos cotidianos.
Incansable siempre, había una especie de fuerza interior que le empujaba, que le alentaba a él y a los que se encontraban a su alrededor, a pesar de dirigir una empresa en proceso concursal y con un cierto nivel de deudas derivadas de impagos continuos.
Con cara de niño sonreía a pesar de sus cincuenta años ya cumplidos, con pasión transmitía todo lo que haciía, con intensidad vivía desde el saludo a la chica de recepción, como el comentario de lo bueno que estaba un café, como el acierto por la lectura de un libro increíble o la alabanza a un comercial por haber cerrado una buena venta.
Nadie le abandonó en ese difícil camino de la incertidumbre por el futuro de la empresa, todos hicimos piña de forma voluntaria, todos apostamos por una forma de entender que el sentido de todo emana desde el interior y que no son las circunstancias externas las que dan sentido a tu entender, a tu ser.
La empresa acaba de salir de ese proceso concursal, la empresa empieza a remontar, la ilusión por trabajar junto a esta persona nos empuja a ir cada mañana, nada queda al azar, todo tiene una dirección a la que nos unimos.
Aquella mañana de Diciembre, fría donde las hubiera, le pregunté de donde sacaba esa fuente inagotable de vida. Él, por supuesto con su gran sonrisa, mirándome a los ojos sin parpadear, me dijo: “Hace tiempo decidí vender experiencia y comprar perplejidad. Esa experiencia me llevaba por donde ya conocía y me limitaba el día a día. Esa perplejidad me demuestra que todo lo que ocurre a tu alrededor tiene un porqué y un para qué, que nada es casual y que ese presente lo hacemos nosotros. Haciendo ese presente, orientamos nuestro futuro. Vende inteligencia, compra perplejidad, querido amigo”.





